YO TOCO TU CUERPO, TÚ ME LLEGAS AL ALMA

Ejercer la profesión que una ha estudiado por vocación, quizás a destiempo, quizás en su momento, es un sueño alcanzado y para muchos no realizable.

No me siento, me sé afortunada, complacida, elegida por las hadas, especial y dichosa por ser lo que siempre quise ser, por hacer lo que, desde que recuerdo, he querido.

Trabajo con mis manos, y sobre todo, con  el corazón.

MayoresMis manos traducen el pensamiento de mi espíritu, son mi mayor tesoro, forman un ente indisociable con mi mente, con ellas me comunico más allá de las palabras muchas veces. Y siento, leo, percibo, doy y recibo, acojo, rechazo, veo, reconforto, consuelo, alivio, afianzo, dirijo, mando. Pero también amo, doy el calor de mi sangre y entrelazo mi  alma con la de aquellos que nunca conocí, hasta hoy.

Y es que aún no lo he dicho: soy fisioterapeuta. Desde que comencé a trabajar como tal, mi experiencia ha sido variada, desde el trabajo en mutuas, residencias, domicilios varios, asociaciones y hasta como docente durante unos meses.

Y soy también afortunada porque después de 7 años, sigo trabajando en la misma Unidad de Estancia Diurna para mayores dependientes. No exagero, pero la edad media de los usuarios con los que comparto mi jornada laboral (y mi vida) supera los 80 años. En estos años, muchos son los que me acompañan desde el principio, y muchos los que quedan en el ayer. Una extensa familia sí. Cada pérdida la sentimos como si fuera sangre nuestra, duele llegar una mañana al trabajo y saber que hoy habrá para siempre, una sonrisa menos.

Cuando comencé aquí éramos más de 50 profesionales y 230 usuarios. A día de hoy, la Junta de Andalucía ha ido recortando nuestras plazas, alargando hasta la muerte literal de las personas solicitantes y de las familias necesitadas, la concesión de en la prestación del servicio, abocando a empresas similares a la mía a la quiebra total, cerrando residencias, despidiendo a los trabajadores con nóminas atrasadas y sin vistas a  cobrar sus correspondientes indemnizaciones

 

Sigo siendo afortunada porque a pesar de la paralización de la Ley de la Dependencia y de los pagos atrasadísimos de las instituciones, aquí sólo llevamos una nómina de atraso, por ahora…

 

El mundo de un fisioterapeuta transcurre en un continuo remendar, con zurcidos invisibles, las cicatrices de la vida: cirugías que dejan pespuntes grotescos mordiendo la carne y los huesos recompuestos, dolores que buscan consuelos con el parche de sor Virginia… bálsamos y desahogos se desprenden de nuestras manos, regocijando y aliviando con una friega de alcohol de romero, con una caricia de aceite de almendras dulces, pomadas y ungüentos que entibiamos lentamente sobre los malestares del cuerpo. 

 

La fisioterapia que aquí se ejerce está muy alejada del mundo ideal que muchos alumnos perciben a veces en la universidad. Trabajar con la tercera edad, a veces, cuarta edad, no tiene nada que ver con el paciente/usuario medio que todo sanitario anhela en su profesión, ni con los medios materiales más modernos con los que se realizan las prácticas en los laboratorios de nuestras escuelas. Y ni mucho menos con los cuerpos jóvenes, sanos y disciplinados de los compañeros con los que aprendemos las técnicas manuales.

 

La paciencia es una virtud con la que se nace, y aquí, es la aptitud que más desarrollamos. El tiempo fluye a un ritmo distinto. Buscamos un continuo equilibrio entre la prisa de la vida que queda fuera y la pasividad adquirida, impuesta o resignada  que se apodera de nosotros un día tras un lento y tortuoso camino o sin esperarlo, en un instante.

 

La empatía también. Sin caer en la condescendencia, en el paternalismo o la piedad mal entendida, miro a los ojos de mis mayores, de mis abueletes, de mis usuarios, de mis amigos…y me imagino cuando yo llegue a su fecha del calendario, y en cómo son hoy mis días y me asalta un pensamiento “cuídame como yo lo hago”. Viajo en mi mente por las cosas que hago y disfruto cotidianamente y sobre todo, en cómo me gustan que sean y que siguieran siendo cuando no pueda hacerlas por mí misma.

 

Pero es lo que hay, y es lo que va a haber, porque si la vida no lo remedia, todos hemos de hacernos mayores, y el día a día te hace comprender que las personas que tratas no son como Harrison Ford en “A propósito de Henry”, sino que son de carne y hueso, con un presente y un mañana, y sobre todo, con un extenso pasado que cargan en sus cuerpos.

 

Siempre he pensado que se necesitan muchas vidas para vivir tan solo una, pero las personas que trabajamos dedicados a otras tan estrechamente y por tanto tiempo tenemos el privilegio, no de ser mejores, sino más completos por nutrir nuestra vida con los recuerdos y experiencias de cientos de vidas.

 

Mis manos, lo sé, no curan, pero alivian los dolores del cuerpo y en muchas ocasiones, también los del alma.

 

Y lo que mis manos pueden dar es un grano de mostaza con lo que mi corazón recibe.

 

 

Isabel Campano Manzanas

 

 Si para recobrar lo recobrado debí perder primero lo perdido
si para conseguir lo conseguido tuve que soportar lo soportado.
Si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.
Porque después de todo he comprobado que no se goza bien
de lo gozado sino después de haberlo padecido.
Porque después de todo he comprendido que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.

 

Francisco Luis Bernárdez